Mensaje en una botella

Lo que sigue es una autocrítica que, quizá, podría ser extensible a parte de una generación. Trata de los años en que descubrí, con cierto retraso, el “mundo de los derechos humanos”. Los derechos humanos eran una ética de la Humanidad, un futuro profesional, una oportunidad de luchar por ciertos valores sentidos y ampliamente compartidos. Los derechos humanos me conectaban con las más ambiciosas metas y con las injusticias más insoportables y me ofrecían la ocasión de actuar y de ser. Sin embargo, cada día más, tengo la sensación de haber estado vagando o divagando sin llegar a tocar pie en la realidad.

He pensado en términos globales –derechos humanos, desarrollo, pobreza, libertad, igualdad…- pero he tenido dificultades para actuar localmente. O mejor dicho: he actuado localmente pero siempre lejos de casa. Sería largo de explicar por qué pienso que la acción fuera de casa no es exactamente “acción política”. No es el momento. El caso es que a pesar de ser plenamente consciente de que aquí las cosas no funcionaban bien, he sido incapaz de encontrar el espacio de acción. Y creo que eso nos ha ocurrido a más de uno, por uno u otro motivo. Hemos fundado numerosas solidaridades trasatlánticas mientras los vínculos políticos y comunitarios seguían degradándose en casa. Es justo reconocer el éxito de nuestro sistema político que ha conseguido desarmarnos en menos de treinta años.

Ahora, esta crisis, que no anuncia ni el final ni el principio de nada, pero que no es una crisis cualquiera, me ha pillado fuera de juego. Ahora, tengo la sensación de ser un náufrago abandonado en una isla desierta que lanza un S.O.S en una botella.

Bibliografía recomendada:

The Police: http://www.youtube.com/watch?v=MbXWrmQW-OE

Ciudad, autodeterminación y proceso constituyente

Acabo de leer un artículo titulado Eco-localismos y resiliencia comunitaria frente a la crisis civilizatoria de Joseba Azkarraga y otros (http://polis.revues.org/8400) que analiza las Iniciativas de Transición dirigidas a hacer frente a desafíos globales como el “peak oil” y el cambio climático como ejemplos exitosos de resiliencia comunitaria y autosuficiencia local.

Desde FentCiutat promovemos la idea de que las ciudades, los pueblos, los barrios deberían convertirse, a través de un proceso de articulación política, en unidades básicas de organización económica y política dotadas de un cierto nivel de autosuficiencia. El argumento básico para defender esta radical transformación es que la libertad política y la autodeterminación comunitaria exigen re-localizar los centros de decisión sobre producción y consumo y la constitución de comunidades políticas locales, es decir, ligadas a la residencia. Se trata de la reivindicación de una ciudadanía vinculada al territorio frente a la ciudadanía abstracta que tiene como referente el estado nación. Esta última está hecha de derechos mientras que la ciudadanía localizada está hecha de capacidades de hacer y de ser en el marco de una comunidad.

En esta línea, parece fundamental establecer vínculos sólidos entre ciudad -entendida como comunidad local-, ciudadanía -entendida como modo de inserción política y económica de los individuos en la comunidad- y autodeterminación -entendida como capacidad de forjar el propio destino. La propuesta se basa en una concepción particular de la política, entendida como la actividad y la esfera de acción que puede emerger cuando una comunidad ha alcanzado cierto nivel de control sobre las necesidades. Eso implica que sólo determinados modos de organizar la producción y el consumo permiten la emergencia de la esfera política. La sociedad de mercado, que es una economía de la escasez, precisamente, porque se funda sobre la multiplicación constante de las necesidades, es incompatible con la emergencia y conservación de relaciones políticas entre ciudadanos.

Nuestras vidas están articuladas, a pesar de las apariencias, en torno a la cobertura de un sofisticado catálogo de necesidades en constante expansión y renovación, lo que nos priva de la posibilidad de actuar políticamente y nos amarra a la esfera económica en un ciclo sin fin de producción-consumo-producción. En ese sentido, nuestra sociedad de mercado imita el ciclo vital de Naturaleza. Es este ciclo o, parafraseando a Polanyi, este “molino diabólico”, el que necesitamos detener si queremos evitar la destrucción de nuestra humanidad y de la Naturaleza de la que formamos parte. Acaso convenga releer a Hayek para conocer mejor el engendro que formamos entre todos.

Las Iniciativas de Transición parten de un supuesto diferente: la necesidad de reducir nuestra dependencia de las energías fósiles. Sin embargo, el tipo de procesos políticos y económicos que desencadenan este tipo de iniciativas puede dar como resultado el tipo de transformaciones necesarias para aumentar la resiliencia y la capacidad de autodeterminación de las comunidades locales de las que depende la emergencia de una genuina esfera política y de una ciudadanía empoderada.

Si los movimientos y las iniciativas que, a nivel de la ciudad, los pueblos, los barrios, están luchando por constituir espacios, tejidos y relaciones de resiliencia y de autonomía consiguen consolidarse y articularse políticamente, la ciudad -las comunidades locales- habrá de jugar un papel de primer orden en el futuro proceso constituyente. Esta es una de las condiciones necesarias para que la asamblea constituyente pueda ser un elemento transformador y de emancipación.

Déficit, estado y el destino del capitalismo

 

Valencia, 20 de febrero 2013

Existe una aparente contradicción entre la critica a la reforma del artículo 135 de la Constitución de limitación de deuda pública y defender el impago de la misma. Aunque el impago de la deuda se refiera a la llamada “deuda odiosa”, existe cierta incoherencia entre considerar la deuda y el déficit como instrumentos de soberanía y, simultáneamente, socavar la credibilidad financiera del estado. No es que yo defienda el carácter sacrosanto de la deuda, todo lo contrario. Considero que en todo este asunto la izquierda en general es presa de una contradicción paralizante porque es incapaz de salir del terreno de juego que le marca el capitalismo como sistema social.

Estatismo e izquierdismo es un matrimonio contra natura hijo del siglo XX. Existe una absoluta coherencia entre la defensa del estado, la defensa de la deuda y plegarse a la lógica del sistema capitalista. ¿Será necesario recordar que la emergencia y la consolidación jurídica y política del estado-nación va estrictamente vinculada a la aparición del déficit como instrumento de dominio? La transformación del patrimonio del monarca en hacienda del estado es lo que permitió históricamente que una anomalía como el déficit permanente se haya convertido en rasgo definitorio del sistema internacional. La deuda es uno de los elementos que vinculan la historia del estado-nación a la del desarrollo capitalista. A partir de ese momento, el poder del estado pasará a medirse por su capacidad para mantener un déficit alto.

Por todo ello, creo que el objetivo prioritario sería el impago y el siguiente pensar una economía nacional que no se base en el déficit. Esa sería la forma más directa de ganar terreno al capitalismo.

José L. Martínez

Asamblea constituyente, modelo productivo y revolución ciudadana

Cada día se oye con más fuerza: “hay que hacer algo, hay que tomar la iniciativa” pero no está muy claro cuál ha de ser el objetivo de la iniciativa. El grupo de “Constituyentes” tiene una propuesta tangible: celebrar una asamblea constituyente. La idea tiene un inconveniente que conocemos por la experiencia de otros países: cómo se puede pedir apoyo para una constituyente sin adjuntar unas líneas maestras del cambio que se persigue. No existe ningún grupo o movimiento con capacidad ni legitimidad para habilitar un espacio político donde se pueda opinar y escuchar. Por otro lado, no hay acuerdo sobre la naturaleza de la crisis que sufrimos: ¿Crisis institucional, crisis constitucional, crisis de la política, crisis del capitalismo…?

Es lógico hablar de “crisis institucional” cuando las instituciones, por un lado, resultan inoperantes y, por otro, se ven envueltas en graves casos de corrupción que minan su credibilidad. Sin embargo, el hecho de que, a pesar de todo, no se produzca una ruptura institucional como las que se han dado en la última década en América Latina es muestra de la fortaleza institucional de nuestro estado de derecho. Se habla “crisis constitucional” en dos sentidos: por referencia al fraude de la transición y por referencia a una superación histórica del modelo de 1978. Tanto lo uno como lo otro resulta incuestionable. Sin embargo, esas constataciones no apuntan con claridad a la conexión entre crisis constitucional y resolución de la situación actual. ¿Qué decir de la crisis de la política y del capitalismo?

No cabe duda de que lo que podríamos llamar “el movimiento anticapitalista”, aun siendo muy minoritario, ha experimentado un fuerte crecimiento en la última década. La rearticulación puede explicarse por una serie de desarrollos históricos y teóricos convergentes: el movimiento global contra la guerra y el imperialismo yanqui, el crecimiento de la conciencia ecológica y social y, a nivel más concreto, las esperanzas abiertas por los movimientos políticos latinoamericanos, en particular, por el éxito rotundo de la revolución ciudadana ecuatoriana.

Todo esto me lleva a pensar que 1) la asamblea constituyente forma parte de la salida de la crisis y 2) que el ideario anticapitalista va a tener un protagonismo importante en el proceso constituyente. Sin embargo, ¿cuándo una generación, a través de una revolución o de un proceso constituyente, ha conseguido cambiar el modo de producción? Pretender tal cosa es como intentar saltar sobre la propia sombra. La máxima “piensa global, actúa local” señala con claridad el ámbito y la línea de acción. El pensamiento debe abarcar el “modo de producción” mientras que la acción debe limitarse configurar el “modelo productivo”, es decir, ¿de qué y cómo queremos vivir? La clave del proceso constituyente es la transformación del modelo productivo empezando por el ámbito local y buscando, a partir de ahí, articulaciones con otros ámbitos. Las claves del modelo: cobertura universal de las necesidades, equilibrio local entre producción y consumo, sostenibilidad. La constitución política que sea capaz de articular un modelo productivo de estas características será una buena constitución.