El tiempo del proceso constituyente

El tempo de la política no se puede confundir con los plazos perentorios de la representación y del gobierno.

Vistalegre II ha pasado despejando algunas incógnitas y dejando pendientes muchas preguntas que ningún congreso puede contestar. He leído infinidad de análisis brillantes sobre el antes, el durante y el post Vistalegre que tampoco pueden responder a las verdaderas preguntas políticas aunque, sin duda, contribuyen a formularlas. En el fondo, ¿qué ha cambiado para la multitud minoritaria de los que estamos fuera de las instituciones? Yo diría que no estamos peor que antes. En todo caso, hemos recordado que el poder no reside en el gobierno ni se delega sino que se construye actuando juntos.

El tempo de la política no se puede confundir con los plazos perentorios de la representación y del gobierno. El gobierno y los partidos políticos son males necesarios mientras que la articulación política con los que nos rodean para tomar colectivamente las riendas de nuestras vidas es una apuesta por la libertad. Una apuesta minoritaria, por cierto. La improbable emergencia de PODEMOS, que no es sino una concreción electoral del 15-M (una entre muchas posibles), ha servido de estímulo para muchas de nosotras porque parece haber generado un espacio público para la acción política. Y en cierto sentido así ha sido. Sin embargo, no debemos olvidar que todo partido político, por incluyente y transversal que sea, forma parte de la esfera de gobierno. Y, aunque suene paradójico, el gobierno es incompatible con la política. La política está en otra parte, la política emerge donde una pluralidad de iguales deciden actuar conjuntamente; donde nadie manda ni sabe más que nadie; donde nadie le debe la vida a nadie. Ese es el lugar y la ocasión de “los de abajo”. Aquí, “los de abajo” no es una categoría analítica, ni un reclamo electoral, ni un “sujeto político” en construcción; ni siquiera una apelación al “peuple malheureux”. “Los de abajo” somos, sencillamente, los “gobernados”.

“El énfasis en la capacidad política de la gente implica primar su capacidad constituyente sobre su estatuto constitucional de titulares de derechos”

La distinción entre política y gobierno me parece fundamental para afrontar dos retos que requieren invertir una buena dosis de imaginación política y organizativa. El más urgente, en el ámbito de los poderes constituidos, consiste en incrementar la capacidad de control de las instituciones de gobierno (en sentido amplio, es decir, incluyendo ejecutivo, legislativo y administraciones públicas en general) por parte de la ciudadanía. Desde la perspectiva de los “poderes constituyentes”, el reto consiste en expandir el ámbito de l@ polític@ y en redefinir los ámbitos y los dispositivos de gobierno. En ocasiones, atender a las exigencias de lo urgente puede parecer incompatible con ocuparse de lo importante. En este caso, exigir al gobierno que gobierne al tiempo que se constituyen nuevos ámbitos de autogobierno puede plantear dificultades estratégicas. En este sentido, es necesario evaluar equilibrar permanentemente nuestras capacidades de hacer, de actuar y de reivindicar, así como establecer alianzas entre colectivos centrados en la reivindicación de derechos y colectivos centrados en la constitución de espacios de autonomía.

El proceso constituyente está en marcha en la medida en que la ciudadanía está, efectivamente, generando nuevos ámbitos de autogobierno y de autodeterminación y nuevas formas de producción, de consumo y reproducción. Estas innovaciones están dando lugar a nuevos modos de ejercicio de la ciudadanía que escapan a la definiciones legal-constitucionales. Por ello, la ciudadanía, en el doble sentido de agentes de l@ política y de capacidad política de la gente, es el vector clave del proceso constituyente. El énfasis en la capacidad política de la gente implica primar su capacidad constituyente sobre su estatuto constitucional de titulares de derechos. Desde esta perspectiva, se trata de una ciudadanía que se teje en lo local, horizontalmente, a través de la constitución de islotes de autodeterminación inéditos; una ciudadanía que, en cierto sentido, se gana mediante el ejercicio efectivo de la libertad política y de la responsabilidad social; en definitiva, una ciudadanía que no se deja definir heterónomamente desde el aparato del estado ni depende del pasaporte sino que se constituye a sí misma en el mismo proceso incluyente de transformación del statu quo.

“Por ello, si perseguimos una transformación radical, si queremos hablar propiamente de “proceso constituyente” debemos abordar el bucle del proceso constituyente desde la perspectiva de los agentes o, si se prefiere, desde la perspectiva de la gente, en su inabarcable diversidad (no el pueblo, ni el poder constituyente, ni el censo electoral)”

La historia de las revoluciones y de los procesos constituyentes se encuentra extremadamente condicionada y encorsetada por una incapacidad congénita para pensar l@ polític@ desde fuera del estado-nación y de la soberanía nacional. De hecho, como diría Hannah Arendt: “La soberanía nacional, esto es, la majestad del dominio público según se había venido entendiendo durante largos siglos de monarquía absoluta, parecía incompatible con el establecimiento de una república. En otras palabras, es como si el Estado nacional, mucho más antiguo que cualquier revolución, hubiese derrotado a la revolución en Europa antes incluso que ésta hubiese hecho su aparición” (Sobre la revolución). Por ello, si perseguimos una transformación radical, si queremos hablar propiamente de “proceso constituyente” debemos abordar el bucle del proceso constituyente desde la perspectiva de los agentes o, si se prefiere, desde la perspectiva de la gente, en su inabarcable diversidad (no el pueblo, ni el poder constituyente, ni el censo electoral). La perspectiva de la gente, haciendo y actuando, frente a la del “proyecto”, el “proceso”, la “soberanía” o el futuro “texto de la constitución”. La perspectiva de los agentes permite poner entre paréntesis al estado de modo que las posibilidades de una genuina “constitución”, en el sentido de “fundación”, se multiplican. En efecto, cuando el estado y su soberanía están en el punto de partida y en el punto de llegada del proceso constituyente, el riesgo de una verdadera transformación política y social es mínimo. Por ello, debemos estar atentos a la capacidad constituyente de las gentes, al poder y la autonomía que somos capaces de generar actuando juntas; a cómo las alianzas entre agentes plurales pueden expandir los espacios de poder y libertad.

“Intentaré ser más claro aunque, quizá, menos preciso: el neoliberalismo no se puede combatir desde el gobierno del estado y quien proponga una asamblea constituyente (estatal o autonómica) es un vendedor de cambios gatopardianos”

Otro tema sumamente delicado en todo proceso constituyente (y en esto sigo también a Hannah Arendt) es la llamada “cuestión social”. Arendt mantiene una tesis muy criticada por los autores de izquierda respecto al papel de la cuestión social en las revoluciones y en los procesos constituyentes. De modo simplificado viene a decir que la “constitución de la libertad”, esto es, la fundación de una república no debe abordar la cuestión social y que toda revolución que se deje arrastrar por las urgencias de la cuestión social está abocada al fracaso. No es este el momento de entrar a fondo en la distinción entre lo político y lo social y, aunque consciente del carácter polémico de la tesis, diré que la comparto en lo esencial. Más allá de disquisiciones teóricas e históricas, creo que es imprescindible hacerse una pregunta: ¿hasta qué punto la cuestión social se puede resolver con medidas legales y constitucionales? No cabe duda que ciertas medidas pueden contribuir a paliar necesidades materiales. Hipotéticamente, la pobreza y la exclusión, en todas sus variantes, podrían erradicarse a través de instrumentos jurídicos: reconocimiento de derechos, medidas fiscales, etc… El problema desde el punto de vista político es que todo este tipo de medidas rara vez actúan sobre las causas de la desigualdad; tienen nulos efectos sobre la falta de libertad; y, generalmente, tienden a alimentar el sistema que está en el origen de la desigualdad y la falta de libertad. ¿Cómo afectan todas estas consideraciones al desarrollo de un proceso constituyente en el siglo XXI?

De nuevo, es necesario insistir en el carácter radicalmente horizontal y político del proceso y en la importancia del tiempo para tejer (no coser) sin prisas desde lo local. Pensar en una asamblea constituyente antes de haber constituido espacios sólidos de autodeterminación desde lo local sólo puede conducir a la frustración. La cuestión social se aborda desde ya a varios niveles: en el control de los poderes constituidos, en la redefinición de la ciudadanía y de las solidaridades y en las transformaciones cotidianas de las prácticas de producción, distribución y de consumo. El horizonte de la transformación no puede ser la asamblea constituyente (¿estatal? ¿autonómica? ¿europea?) sino la multiplicación de islotes de autodeterminación política y productiva a lo largo y ancho de los territorios. Intentaré ser más claro aunque, quizá, menos preciso: el neoliberalismo no se puede combatir desde el gobierno del estado y quien proponga en este momento una asamblea constituyente (estatal o autonómica) es un vendedor de cambios gatopardianos.

“Si se quiere constituir algo nuevo no hay que mirar hacia arriba en busca de consignas sino a los lados en busca de compañeros de viaje porque todos somos migrantes, exiliados, refugiados, colonos, aventureros… en busca de una república acogedora”

A modo de recapitulación diré que, al margen de los ámbitos de gobierno y representación, existen corrientes de cambio, algunas más autoconscientes que otras, unas más ambiciosas que otras, unas más políticas y otras más sociales pero que, desde perspectivas plurales, tienen capacidad constituyente. Que la gente actuando desde ámbitos y lugares diferentes está creando condiciones para la emergencia de nuevos espacios de autodeterminación y para la redefinición de los dispositivos de autogobierno y las estructuras de acogida. Esto no es ninguna teoría ni ningún proyecto: esto está ocurriendo. Estas iniciativas y las que están por llegar son fuentes de poder: poder actual y poder constituyente. Si se quiere constituir algo nuevo no hay que mirar hacia arriba en busca de consignas sino a los lados en busca de compañeros de viaje porque todos somos migrantes, exiliados, refugiados, colonos, aventureros… en busca de una república acogedora.

José Luis Martínez Llopis

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