Big data y el mundo como conjunto total

1. Grandes números, estadística y condiciones de la política

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Confieso que no estoy genuinamente interesado en el llamado paradigma de los big data y prometo que no volveré a utilizar el tema como pretexto para hablar de lo que en realidad me interesa: la constitución de la libertad política. Me parece oportuno decir que lo que he escrito y pensado hasta ahora sobre los datos masivos está inspirado en gran medida por un libro de Hannah Arendt: La condición humana. Sus consideraciones sobre el auge de la sociedad conectan el tema de la desaparición de las fronteras entre lo público y lo privado con el de la emergencia de la sociedad de mercado, de masas y de consumo. Arendt presenta en este libro –publicado en 1957- una visón panorámica de la sociedad contemporánea plenamente vigente y necesaria para comprender nuestra situación actual. El diagnóstico es contundente: la política y lo político se encuentran extremadamente debilitados como consecuencia de la invasión del espacio público por parte de las actividades económicas –producción y consumo- que hasta la llegada de la Época Moderna habían estado confinadas en el ámbito privado. El resultado es la limitación de la capacidad de acción y de la libertad. Las múltiples crisis –ecológica, social, económica, cultural- reclaman actuar políticamente, es decir, exigen que actuemos como ciudadanos porque ni los gobernantes, ni los expertos, ni los consumidores ni los votantes tienen verdadera capacidad de acción. Por ello, me tomo la libertad de dedicar un último post sobre los datos masivos a explicitar la relevancia de Arendt para una aproximación sistémica y política a este tema. Empezaré con una cita:

“However, since the laws of statistics are perfectly valid where we deal with large numbers, it is obvious that every increase in population means an increased validity and a marked decrease of “deviation.” Politically, this means that the larger the population in any given body politic, the more likely it will be the social rather than the political that constitutes the public realm.

(…)

… and although statistics, that is, the mathematical treatment of reality, was unknown prior to the modern age, the social phenomena which make such treatment possible —great numbers, accounting for conformism, behaviorism, and automatism in human affairs —were precisely those traits which, in Greek self-understanding, distinguished the Persian civilization from their own.”

The Human Condition, 1958

Para comprender en profundidad el alcance de estas observaciones es necesario conocer la tesis del auge de lo social, que expongo sintéticamente en el tercer apartado de este post. Por el momento, quiero detenerme en la relación entre grandes números y el tratamiento matemático de la realidad.

La estadística sólo puede emerger y aplicarse como instrumento de investigación y predicción allí donde existe un conjunto muy numeroso. Sólo cuando disponemos de una cantidad numerosa de elementos o de individuos –de células, de ratones, de enfermos, de habitantes, de consumidores, de fenómenos atmosféricos…- constituidos como un conjunto, podemos aplicar la estadística y, en general, las matemáticas de manera provechosa. Pero los conjuntos no están dados en la realidad, es decir, no son data. Por el contrario, todo conjunto es el resultado de una doble intervención: una teórica, que decide sobre las propiedades o rasgos relevantes de los elementos que lo componen; y otra empírica, que los discrimina y los “mete en el saco”. Ello no significa que los conjuntos sean inventados o arbitrarios. Justamente, la función de la teoría subyacente consiste en establecer la correspondencia del conjunto con el mundo real. Por poner un ejemplo, especialmente indicado: existe una correspondencia entre la noción de “pueblo” y la de “población” en el sentido de que ambos términos se sostienen aproximadamente sobre la misma realidad objetiva –los habitantes de un estado-; los elementos que forman ambos conjuntos pueden coincidir pero los conjuntos son diferentes así como su utilidad. La “población” es, eminentemente, una fuente de datos, una categoría propiamente estadística; mientras que el “pueblo” es una categoría político-ideológica, cultural, si se quiere. Lo relevante es que el concepto estadístico llega, conceptual y empíricamente, detrás del concepto político-ideológico: primero aparece el estado que delimita objetivamente quién es “pueblo” y el territorio; luego llega la estadística que contabiliza y datifica a la población. Por tanto, un conjunto –la población en este caso- no aparece de la nada, no es una idea genial de un científico social o de un matemático, sino que por detrás hay un acto de gobierno –que generalmente incluye el uso de la fuerza-, una construcción ideológica, una teoría política, etc… Una vez constituido el conjunto “población” siempre es posible constituir subconjuntos: el de las mujeres, el de los ancianos, el de los pensionistas, etc… Otro rasgo del tratamiento estadístico de la realidad es que permite pasar por alto las cualidades que distinguen a los elementos que forman el conjunto: el individuo que pasa a formar parte del conjunto “población del estado” queda igualado al resto de individuos. En cierto modo, la igualación –homogeneización a través de la ley: súbdito, ciudadano, votante- que produce la instauración del estado se ve culminada y dotada de estatuto científico por virtud de la homogeneización estadística.

Como dice Hannah Arendt, los mismos “fenómenos sociales que hacen posible” el tratamiento estadístico de los seres humanos, son los mismos “que explican el conformismo, el behaviorismo y el automatismo en los asuntos humanos”. Es decir, “los grandes números de gente, apiñados” crean las condiciones propicias para el tratamiento matemático de la multitud al igual que para la emergencia del despotismo, “sea el despotismo de una persona o el de la mayoría”. Y en este sentido recuerda que los griegos siempre tuvieron presente que “la polis, con su énfasis en la acción y el discurso, sólo podría sobrevivir si el número de los ciudadanos permanecía limitado”. El olvido de esta antigua pieza de sabiduría ha tenido efectos fatales para la concepción de lo político. En mi opinión, recuperar este sentido de limitación cuantitativa –territorial y poblacional- resulta crucial si queremos restaurar las condiciones mínimas para la acción y libertad política.

2. El mundo como conjunto total

En el último capítulo de La condición humana, Arendt señala los tres acontecimientos inaugurales de la Época Moderna: el descubrimiento de América y la exploración de la Tierra; la Reforma, “que al expropiar las posesiones eclesiásticas y monásticas inició el doble proceso de expropiación individual y acumulación de riqueza social”; y la invención del telescopio. Estos tres acontecimientos son fundamentales para comprender y explicar lo que llamamos “globalización” y, aunque inicialmente, pudieron considerarse como inconexos entre sí, no cabe duda de que, los tres combinados han dado forma y estructura al mundo en que vivimos. El descubrimiento del Nuevo Mundo y la implantación de un mercado autorregulado han sido los acontecimientos fundamentales para la constitución de un mundo y una humanidad.

En primer lugar, la creación de un sistema internacional de estados forma parte del largo y complejo proceso de globalización. La integración del Nuevo Mundo en la historia occidental tuvo, sin duda, importantes consecuencias sobre el comercio y las finanzas internacionales. Sin embargo, me parece más destacable –como señala Ferrajoli en Derechos y garantías. La ley del más débil, Trotta 1999- el hecho de que impulsó las primeras formulaciones del derecho internacional y del concepto de soberanía, de la mano de Bodin, Hobbes, Grocio y de los teólogos españoles, particularmente Francisco de Vitoria. Estos desarrollos tuvieron una influencia crucial en la conformación del sistema internacional de estados y en la concepción del estado tal como lo conocemos. Posteriormente, entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX, se produjo el intento frustrado de implantar un mercado autorregulado a nivel mundial que, según Polanyi, culminó en el estallido de la Guerra Mundial y en creación de los regímenes totalitarios. Tras la Guerra Mundial, en cierto sentido, se produce la síntesis de las dos tendencias que ya aparecían latentes en el siglo XVI y en el XVIII: el rediseño del mundo, simultáneamente, como un sistema internacional de estados soberanos y como mercado global.

Lo que justifica que hablemos de “el Mercado” –como si sólo hubiera uno y como si fuera un agente– es que, de acuerdo con la teoría clásica, todos los mercados reales tienden a conectarse entre sí y a encontrar un equilibrio perfecto gracias al mecanismo de formación de precios. En eso consiste la autorregulación. Partiendo de este presupuesto, podemos caracterizar parcialmente el proceso de globalizaciónparafraseando a Karl Polanyi- como la implantación de un mercado autorregulado en un doble movimiento:

i)               El primer movimiento rompe los vínculos sociales –locales, personales, tradicionales…- dando lugar a una novedad histórica: el individuo como agente económico.

ii)             El segundo movimiento integra a toda esa masa de individuos en el nuevo orden del mercado autorregulado. Tal integración se produce a través del mecanismo de formación de precios desde el momento en que los individuos se han convertido en mercancías y dependen del mercado para cubrir sus necesidades básicas.

¿Cuál es la relación que mantienen estos dos órdenes: estado y mercado? Se trata de una relación que induce a confusión: por un lado, estado y mercado responden a principios contradictorios; por otro, no cabe duda de que el papel del gobierno del estado ha sido y es fundamental para la implantación y la conservación del sistema de mercado –del mercado nacional y del internacional. Al mismo tiempo, la expansión del mercado ha puesto en crisis el estado. Se trata de un pulso desigual. No podía ser de otro modo, entre otras cosas, porque el mercado tiende a concentrar y ordenar la fuerza de toda la humanidad y de la misma biosfera mientras que los estados sólo controlan –cada día menos- porciones insignificantes de la población y del territorio mundial. En este sentido, me parece importante la distinción de Friedrich August von Hayek –Law, Legislation and Liberty, Routledge 1998- ente dos tipos de orden: “cosmos” y “taxis”. El cosmos emerge espontáneamente, es complejo, autopoiético y carece de propósito; el taxis es artificial, impuesto, intencional, y su crecimiento y mantenimiento depende de la acción de un agente. La naturaleza, un ser vivo, Internet y el mercado libre pueden considerarse cosmos, mientras que el estado, una religión institucional, una máquina, son taxis. Simplificando el argumento, se puede decir que Hayek defiende la libertad de mercado en base a que el sistema de mercado es un cosmos y, por tanto, no admite injerencias dada su complejidad y la imposibilidad de predecir los efectos de su funcionamiento. Por supuesto, la teoría del libre mercado adolece de muchos defectos, presupuestos ideológicos, interpretaciones erróneas de la naturaleza y de la historia humana. Sin embargo, con todas estas salvedades, negarse a comprender a Hayek en sus propios términos –que el mercado es un cosmos y que los intentos de regulación por parte del estado son estériles- sólo puede limitar nuestra capacidad de comprender el profundo sentido de la sociedad de mercado y de resistir a su avance. Podemos oponernos al mercado y a la mercantilización por sus efectos sociales, psicológicos y ecológicos, pero hablar de “fallos del mercado” e intentar intervenir en él para corregirlos es fútil. En realidad, el mercado funciona a la perfección, fundamentalmente, porque carece de fines, de propósitos y de conciencia. El discurso sobre la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos o sobre su capacidad de agregar los intereses individuales y transformarlos en un interés general es ideológico pero eso no afecta a su capacidad efectiva para ponerle precio a todo y para movilizarlo, combinarlo, destruirlo, transformarlo. El problema del mercado autorregulado es, precisamente, que funciona demasiado bien y que los estados individualmente o a través de organismos, acuerdos y políticas internacionales son impotentes: todo intento de regulación o de intervención fortalece a la larga al mercado por su inaudita capacidad de integrar todos los cambios. Cuando una sociedad se transforma en sociedad de mercado, las personas, las cosas, las relaciones, la naturaleza se ven envueltas y sometidas a una fuerza que no viene de ningún lugar y que nadie controla –la mano invisible- y que constituye un nuevo orden. Este orden nuevo hegemónico, por su carácter distribuido, expansivo y orgánico, tiende a englobar, integrar y articular todo en una red con la fuerza de la necesidad. El resultado final podría ser que la sociedad organizada en torno al mecanismo de mercado acabe funcionando como un organismo vivo.

Lo que quería ilustrar con esta síntesis del proceso de globalización es que la integración acelerada de seres humanos, ideas, recursos, etc…, objetivamente es consecuencia de nuestra inserción en el mercado, y esto es lo que permite, en última instancia, tratar el mundo como un conjunto de elementos datificables. Como repiten continuamente los autores de “Big data”: “N = todo”, es decir, el conjunto es el mundo. En esta medida, la globalización –con todos sus aspectos positivos- debe entenderse, por un lado, como un proceso de reducción de la diversidad y de aplanamiento de la realidad; por otro, como una red que se hace cada vez más tupida en la que nosotros somos los nodos. Hay algo de diabólico en la imagen de la red: ¿quién está más atrapado el pez que cae en la red o los nudos que la forman?

3. El auge de la sociedad

En La condición humana, Arendt destaca como uno de los rasgos de la Época Moderna “la aparición de la esfera social, que rigurosamente hablando no es pública ni privada”. La confusión de lo social y lo político tiene sus antecedentes en la recepción del pensamiento griego por los romanos: Séneca traducirá el “zoon politikon” de Aristóteles por “animal socialis” y santo Tomás dirá que “homo est naturaliter politicus, id est, socialis”. En opinión de Arendt, esta sustitución “revela hasta qué punto se había olvidado el original concepto griego sobre la política”. Lo social originalmente –al menos desde la fundación de la ciudad estado griega- ha estado en oposición a lo político: para Aristóteles, los hombres no se distinguen de los animales por su vida social sino porque, gracias a la facultad del lenguaje –zoon logon ekhon-  son capaces de constituir una esfera política. La vida social es el ámbito en que los seres humanos proveen a sus necesidades y garantizan la supervivencia de la especie; mientras que la vida política tiene como objetivo la constitución de una esfera de libertad que permite elevarse más allá de su condición animal, de la necesidad. En Grecia, la fundación de la polis supuso el confinamiento de las actividades de mantenimiento y reproducción de la vida en la esfera privada del oikos –el hogar- mientras que la esfera pública quedó reservada a la política, es decir, a las actividades no necesarias para la vida. 

En opinión de Arendt, la aparición de la esfera social “es un fenómeno relativamente nuevo cuyo origen coincidió con la llegada de la Época Moderna, cuya forma política la encontró en la nación-estado”. Para nosotros, la línea divisoria entre lo privado y lo público; entre las actividades relativas a la esfera doméstica y las de la esfera política está difuminada. Es decir, desde el momento en que las actividades económicas escapan de su confinamiento en el oikos –el hogar familiar- y ocupan y se dispersan por toda la esfera pública en –esto consiste el auge de lo social- la sociedad se transforma en un inmenso hogar, en una superfamilia, y el gobierno del estado se convierte en su administrador. Lo que caracteriza a la esfera doméstica frente a la pública es que se encuentra subsumida de lleno en el ciclo vital, en la medida en que sus actividades están orientadas al mantenimiento de la vida a través de la reproducción, la producción y el consumo. En cambio, la esfera política se constituye precisamente por quienes están liberados de la necesidad. El hogar se ha caracterizado tradicionalmente por gobierno despótico del pater familias sobre los famuli -esclavos, mujeres, menores y animales. En el hogar, ni siquiera el jefe puede ser libre porque el que está obligado a gobernar es tan esclavo como el que debe obediencia. Por el contrario, la polis, constituida por los pares, donde el gobierno y el uso de la violencia están excluidos por definición, es el espacio idóneo para la libertad política. La constitución de la esfera política se persigue, precisamente, poniendo coto a la necesidad, liberándose de todas las dependencias; la esfera política es el reino de la opinión –doxa-, de la pluralidad y de la persuasión; la libertad sólo puede germinar allí donde nada está dado.

Lo que sostiene Arendt es que, a partir del siglo XVII, la dinámica y la fuerza de la necesidad propia del ciclo vital ha integrado al conjunto de la sociedad en un sistema que actualmente calificamos como “sociedad de mercado”, “sociedad de masas” o “sociedad de consumo”. Lo característico de este sistema es que la libertad de los individuos no se ve limitada sólo por el gobierno o por la acción de otros individuos más fuertes sino, de manera significativa, por el movimiento cíclico que impone el estar integrado ese orden que nadie maneja porque es autopoiético – ese sistema que Hayek llama “cosmos”. De modo que existe una correlación estrecha entre el proceso de implantación del sistema de mercado y el auge de la sociedad concebida como una red que nos integra a todos indistintamente en un movimiento cíclico. Esta red será, inicialmente, una red nacional –el mercado nacional; posteriormente, la red será la del mercado global, entendido como un orden que está más allá de la capacidad disciplinante de los estados nacionales. La sociedad de mercado así se convierte en una red por la que fluye incesantemente la riqueza. Es lo que Marx llama el “proceso de la vida de la sociedad”. La capacidad de producir riqueza del sistema capitalista “sólo cabe compararla con la fertilidad de los procesos naturales”, dice Arendt. Esta es la descripción que hace de la dinámica del sistema capitalista de mercado:

“…la liberación de la fuerza laboral como proceso natural no quedó restringida a ciertas clases de la sociedad, y la apropiación no terminó con la satisfacción de necesidades y deseos; la acumulación de capital no llevó, por lo tanto, al estancamiento que tan bien conocemos por los ricos imperios anteriores a la Época Moderna, sino que se extendió por toda la sociedad e inició un continuo y creciente flujo de riqueza. Pero este proceso (…) sólo puede continuar con tal que no se permita la interferencia de la duración y estabilidad mundanas, sólo mientras todas las cosas del mundo, todos los productos finales del proceso productivo, lo provean de nuevo a velocidad siempre creciente –fed back into an ever-increasing speed. Dicho con otras palabras, el proceso de acumulación de riqueza, tal como lo conocemos, estimulado por el proceso de la vida y a su vez estimulando la vida humana, sólo es posible si se sacrifican el mundo y la misma mundanidad del hombre.”

Consideraciones finales: la paradoja de la inteligencia absoluta

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El debate suscitado en torno a esta enésima revolución –los datos masivos- dentro de la sociedad de la información nos ofrece la ocasión de pensar sobre la deriva de nuestro mundo y, en su caso, de actuar para poner límites a este proceso que, a fuerza de considerar a la humanidad y la biosfera como una serie de “puntos de información”, acabará por convertirnos, efectivamente, en una entidad propia de los relatos de ciencia ficción.

Los autores de Big Data manifiestan su preocupación por el hecho de que el desarrollo inaudito de la capacidad de predicción que promete el nuevo paradigma pueda reducir el libre albedrío. No encuentro ningún problema en incrementar nuestra capacidad de predecir, pues es algo que hemos perseguido desde siempre. Los problemas que plantea el paradigma de datos masivos tienen que ver fundamentalmente con el origen de los datos, quién tiene acceso a ellos, para qué los utiliza y, sobre todo, a quién beneficia la inteligencia generada gracias ellos y qué nuevos desequilibrios sociales, económicos o de control puede generar. Uno de los aspectos más inquietantes de los datos masivos consiste en que podemos extraer información que no está relacionada aparentemente con los datos de que disponemos, ya que se las predicciones se basan en correlaciones estadísticas sólo visibles mediante el uso de potentes procesadores. Por ejemplo, un banco ha detectado una correlación significativa entre las personas que rellenan los formularios on line con letra minúscula o mayúscula y la probabilidad de reembolso de los créditos. En el límite, esto equivale a que un agente no puede ocultar nada ya que las correlaciones que eventualmente le delatarán son invisibles para él. Es la promesa de la transparencia total. Decir que “hemos llegado a 1984 sería una burda simplificación, entre otras cosas porque seguramente 1984 llegó hace tiempo. Por otro lado, como ha señalado Ulrich Beck, el Gran Hermano no anuncia su llegada sino que se instala con absoluta discreción. Pero, más allá de paralelismos de ciencia-ficción, lo cierto es que nos encontramos amenazados por ciertos riesgos que es necesario conocer y evaluar. Y me parece fundamental que tal evaluación sea política, al igual que las acciones de resistencia, en su caso. Esto resulta crucial porque a estas alturas del siglo XXI, confiar en la capacidad del estado para regular mediante la Ley resulta muy poco realista. El tipo de principios y derechos constitucionales que tradicionalmente han protegido al ciudadano de ciertas injerencias ha quedado completamente obsoleto. No se trata únicamente de que el poder del estado o de las empresas y otros agentes frente a los individuos haya crecido exponencialmente gracias al desarrollo tecnológico. Los riesgos son de otra naturaleza. En el mundo contemporáneo, el control de los individuos no es ya la preocupación prioritaria del gobierno, en gran medida, porque las funciones de disciplina, control y orden social se han deslizado desde el gobierno del estado al sistema de producción y consumo entendido como la tupida red -¿distribuida?- que lo conecta todo. ¿Quién teme al gobierno?; ¿quién escucha y se toma en serio al gobierno? En la actualidad, es el Mercado el que dicta los veredictos; es al Mercado a quien debemos la vida. La fuerza invisible e imperceptible que nos mueve, que orienta nuestro comportamiento –behavior– proviene de estar integrados en esa red global llamada “sociedad de mercado”.

La idea de que en una sociedad de mercado y de masas los individuos dejan de actuar y pasan a comportarse está muy elaborada en La condición humana. Según Arendt,

“It is the same conformism, the assumption that men behave and do not act with respect to each other, that lies at root of the modern science of economics, whose birth coincided with the rise of society and which, together with its chief technical tool, statistics, became the social science par excellence.”

La idea de que la libertad humana está protegida y potenciada en la sociedad de mercado es una de las falacias sobre la que se sostiene la cultura hegemónica -quizá se apoya en una confusión entre libertad de elección, libre albedrío y libertad de acción. No voy a entrar en esta cuestión. Sin embargo, pienso que, como dice Arendt, en nuestra sociedad predomina el conformismo y que nuestro margen de maniobra, en lo fundamental, es bastante reducido. La estabilidad de los regímenes democráticos es una muestra de ello. El descontento, la movilización social, la conciencia de que es necesario buscar alternativas –que se han puesto de manifiesto en los últimos años- parece tropezar con obstáculos invisibles: no son las fuerzas represivas del estado las que impiden los cambios sino nuestra incapacidad para articularnos políticamente.

Siguiendo con la preocupación de los autores de Big data: ¿existe alguna relación entre predecir el futuro, el libre albedrío y la responsabilidad individual? Sí, pero no está clara. Digamos que está tan poco clara como la existencia misma de eso que los autores llaman “libre albedrío”. Pero ¿dónde está el problema? La protección de la privacidad trata de la información personal que ya conocemos sobre cada uno de nosotros pero, obviamente, no puede proteger la información acerca de nuestro futuro. El problema de los datos masivos es que podrían generar inteligencia sobre nosotros que no nos pertenece propiamente. En principio, se puede pensar que si la inteligencia generada mediante los big data fuera compartida con quien tiene legítimo interés, todos los problemas filosóficos y éticos se disolverían inmediatamente. Quizá, pero podrían surgir otros. Si yo supiera hoy que mañana voy a cometer un delito tendría dos opciones: cometerlo o no. Y si supiera que la policía ya está enterada, mi decisión estaría mejor informada. Eso es libre albedrío. Si, a pesar de todo, decidiera cometer el delito pero la policía me lo impidiera a tiempo, mi libre albedrío seguiría intacto. Si intentamos ir un poco más lejos incurrimos en el tipo de paradojas que plantean los viajes en el tiempo. La cuestión clave, como decía, es: ¿quién tiene capacidad de predecir y qué hará con las predicciones? En principio, si yo tuviera acceso a toda la información que me atañe o me interesa no habría ningún problema. Ahora bien, existen límites lógicos y de sentido común a la capacidad de predicción y al manejo de información. ¿Qué ocurriría si, en aras de la transparencia, de la libertad y del acceso irrestricto a la información, el gobierno facilitara gratuitamente un smart phone con una App Predictor que nos mantuviera informados permanentemente de lo que vamos a hacer mañana? El libre albedrío quedaría incólume, eso sí a riesgo de que no nos serviría para nada porque conocer el futuro puede llegar a paralizarnos literalmente. Todo esto sólo son especulaciones que conducen a paradojas lógicas de este tipo: si es posible predecir el futuro entonces es posible cambiarlo, por tanto, el futuro deja de ser predecible. A efectos prácticos, creo que resulta más razonable concebir la libertad como la capacidad de construir el futuro, en lugar de pretender expandirla incrementando nuestra capacidad de predicción. Y ello por una sencilla razón: utilizar la capacidad de predecir sobre uno mismo, en el fondo, conduce a una contradicción: o bien elimina nuestra libertad o bien desaparece nuestra capacidad de predicción. Por otra parte, y este es el verdadero riesgo que plantea el paradigma de los datos masivos, la capacidad de predecir aplicada sobre los demás sólo tiene sentido cuando se persigue algún beneficio económico o en términos de control, lo cual resulta difícil de aceptar. Considero que regular y poner coto al ánimo de lucro y a la voluntad de control es una ilusión. Por ello soy más partidario de resistir y de construir espacios y alternativos que no alimenten esas futuras capacidades, incluso aunque ello implique renunciar a posibles beneficios. Los problemas teóricos y prácticos que plantean el principio de causalidad, la libertad humana y los viajes en el tiempo nunca se resolverán. Ahora bien, de una cosa estoy convencido: si hiciéramos todo lo que está técnicamente a nuestro alcance la humanidad se extinguiría en 24 horas.

 

José Luis Martínez-Llopis 

 


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