Big data, estado y mercado

Uno de los rasgos que caracterizan la sociedad del siglo XXI es la emergencia permanente de una serie de incógnitas, riesgos y temores asociados a los cambios tecnológicos vertiginosos. Quizás una de las ventajas de vivir en una sociedad caracterizada por el cambio permanente y acelerado es el hecho de que una generación puede ser testigo de uno o más ciclos históricos que en otros tiempos tardarían varios siglos en revelar todas sus dimensiones y en desplegar todas sus potencialidades. Si la anterior observación es cierta, quizá podemos pensar que la contrapartida de la incertidumbre es una mayor capacidad de comprender lo que ocurre en el mundo y el lugar que ocupamos en él, aunque ello exija pensar más rápido. Lo cierto es que, si bien el recurso a la palabra “revolución” para designar todo tipo de fenómenos –políticos, económicos, tecnológicos, sociales…- genera un espejismo de cambio permanente, la experiencia de los últimos cincuenta o sesenta parece indicar que la flecha de la historia apunta siempre en el mismo sentido.

Las anteriores consideraciones vienen suscitadas a partir del debate en torno al libro “Big data. La revolución de los datos masivos” de Viktor Mayer-Schönberger y Kenneth Cukier –ver reseña de Antonio Adsuar- iniciado en Libros de ensayo pero enlazan con otros temas de los que me ocuparé en este artículo. ¿Tiene sentido hablar de “nuevo paradigma”, de “revolución”, de “nuevo oro” para referirse a las oportunidades y riesgos del procesamiento de datos masivos? En gran medida, todo depende de la perspectiva de cada uno: para quien está interesado en aspectos o dimensiones muy específicas del fenómeno –por ejemplo, hacer negocio, explotar nuevos filones, controlar mejor, predecir ciertos fenómenos…- los big data pueden representar, efectivamente, una revolución. En este tipo de perspectiva, el carácter revolucionario es fácil de probar o refutar: si se alcanza el objetivo limitado –hacerse millonario, ganar poder, conocer el futuro…- entonces queda confirmado. En cambio, para quien está interesado en cuestiones más generales y más globales –la evolución del sistema social y cultural, las transformaciones políticas y económicas, la construcción de entornos más amables, menos vulnerables y más propicios para la autodeterminación individual y colectiva…- la “revolución de los datos masivos” –y otras parecidas- no representa necesariamente una amenaza novedosa y revolucionaria sino, quizá, “otra vuelta de tuerca” o -dicho más dramáticamente- “la guerra de siempre por otros medios”. Desde esta perspectiva, los datos masivos no son propiamente fuente “de oportunidades” o “de valor” sino simples instrumentos con aplicaciones diversas y por descubrir. Las revoluciones ocurren o se inician en otro lugar.

Por todo lo dicho, soy partidario de interpretar todo desarrollo revolucionario de nuestras capacidades tecnológicas y productivas como un nuevo episodio o un epifenómeno de una larga historia que podemos titular “el proceso de globalización en sentido amplio”. Un proceso de globalización caracterizado por tres rasgos/tendencias que no se han visto alteradas sustancialmente en los últimos trescientos años: agregación, integración y homogeneización.  Desde esta perspectiva, el llamado “paradigma o revolución de los datos masivos” se puede calificar como un “efecto emergente” de un sistema complejo en evolución. Lo que quiero enfatizar es que los datos masivos son posibles porque la evolución del sistema social capitalista ha dado lugar a la formación de “grandes conjuntos” y de “grandes números”. Históricamente, la capacidad de datificar, almacenar y procesar datos ha crecido, pero tal crecimiento no habría ocurrido –o habría encontrado aplicaciones diferentes- de no ser porque la dinámica del sistema ha tenido como resultado la creación de subsistemas cada vez más integradores y, en última instancia, de un sistema total o global. De la ciudad-estado al gobierno mundial pasando por el estado-nación, el sistema internacional y las integraciones regionales –por poner ejemplos muy lineales- lo que se manifiesta es una tendencia secular a la creación de un sistema con una capacidad creciente de integración, agregación y homogeneización. No es casual que la estadística, que deriva del alemán “Statistik” –relativo a los datos del estado o de la ciudad estado- aparezca a mediados del siglo XVIII, cuando la tendencia a la centralización del poder del gobierno se acentúa, bajo la forma del estado-nación, y poco antes de que la revolución industrial y la utopía del mercado autorregulado –Karl Polanyi- aceleren la transformación del planeta en un sistema social, económico y político unificado. Así, la formación de un sistema internacional de estados-nación y de un mercado autorregulado dan lugar un proceso que transforma el mundo en un sistema, como condición necesaria para la datificación del mundo.

Estas consideraciones tan genéricas apuntan en una dirección muy clara: los desafíos tecnológicos exigen actuar políticamente, es decir, construyendo colectivamente y transformando el entorno. En primer lugar, la experiencia demuestra que en una sociedad de mercado ni las regulaciones legales ni el reconocimiento de derechos individuales tienen la capacidad de proteger al individuo y a la sociedad de ciertos riesgos y efectos colaterales. La privacidad, la igualdad de acceso –a la cultura, la información, las tecnologías…-, la libertad individual, la posibilidad real de llevar una vida saludable…- no se pueden garantizar legalmente porque la globalización ha transformado al mundo en un sistema autopoiético, es decir, incontrolable: no hay nadie al mando. En segundo lugar, aunque las tecnologías no son neutras, sus mayores riesgos no derivan de la mala fe de las empresas tecnológicas sino de un cúmulo de circunstancias que no dependen estrictamente de nadie en particular. Los nichos de mercado, las tendencias de consumo, la intangibilidad y las nuevas necesidades, son, a grandes rasgos, las que guían la innovación y sus aplicaciones. Y el criterio de éxito: el beneficio económico. Como decía antes: las potencialidades técnicas no suelen revolucionar el sistema social –en el sentido de cambiarlo radicalmente- sino que suelen trabajar a favor de tendencias seculares. De hecho, intuyo que cualquier tecnología diseñada con intenciones revolucionarias, por sí misma, no tiene ninguna posibilidad de prosperar si no se pliega a lo que conviene al sistema –nótese que no hablo de intereses ni de conspiraciones sino de sinergias con el sistema. En tercer lugar, conceptos y prácticas prometedores –distribuido, inteligencia colectiva, economía del don, gratuidad,…- pueden ser peligrosos o, cuando menos, conducir a la frustración cuando se ponen en práctica en una red excesivamente vasta y totalmente desvinculada de un entorno real, personal y localizado. El free-riding y la banalización es el resultado más probable; llegar a montar una start-up de éxito es la forma más contundente del fracaso.

Entonces, ¿qué significa actuar políticamente en este contexto? Para empezar exige una optar por el éxodo. Este concepto, que en su acepción territorial es de difícil aplicación en la práctica, cuando se refiere al ámbito tecnológico y al de las redes sociales resulta más practicable: es necesario abandonar algunos espacios y, quizá, algunos gadgets. La ventaja de este éxodo es que no es imprescindible moverse de casa y que, en todo, caso el equipaje es ligero. La siguiente fase consiste en fundar junto a otros un nuevo espacio o entorno, y hacerlo crecer pero hasta cierto límite. Ese entorno será de confianza y estará en cierta medida ligado al territorio. El entorno real y virtual solapados se convertirán en una especie de islote de soberanía. Por último –y esto es el principio- el islote, ajeno a toda jurisdicción nacional o internacional, será el lugar donde se puede actuar, pensar y hacer de forma razonablemente autónoma: un lugar para la autodeterminación. Estas ideas son una especie de síntesis de mi concepción de la ciudad política y la filosofía de Hakim Bey –TAZ: Temporary Autonomous Zones.

Para concluir, porque creo que he sido un poco confuso y nada explícito: ante la pregunta ¿qué hacer ante la revolución de los datos masivos? Mi respuesta es: lo más grave no son las aplicaciones de los datos masivos sino el tipo de sociedad que ha dado lugar a algo así. La solución no pasa por sabotear los servidores de las grandes compañías –o no sólo- sino por actuar para construir espacios en los que los grandes números y los datos masivos no tengan ningún significado ni ninguna posibilidad de emerger o de ser aplicados en beneficio de unos pocos.

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