Responsabilidad política y educación de los recién llegados

martillos

Hace unos años, durante una charla introductoria a los derechos humanos en la Facultad de BB. AA. de Valencia, planteé la cuestión de hasta qué punto la sociedad en sentido amplio no estaba poniendo demasiado énfasis y esperanzas en la educación como instrumento de salvación del mundo. Probablemente, la idea se me ocurrió al comprobar el gran peso que se otorga a la educación en determinados tratados internacionales sobre derechos humanos –paz y justicia. Pero lo cierto es que –no sólo a nivel institucional sino también a nivel popular- tengo la impresión de que predomina ese lugar común según el cual “el futuro es de los jóvenes”, “los niños de hoy serán los líderes del mañana” y, por ende, “el futuro depende de la educación que demos a nuestros hijos”. En definitiva, los maestros, los profesores y la instituciones educativas –desde el parvulario a la universidad- son los responsables inmediatos del destino del mundo. Lo primero que me viene a la cabeza es ese cartel que colocan en algunos bares que dice: “Hoy no se fía, mañana sí”. Porque ese es el significado real de frases tan tautológicas como “el futuro es de los jóvenes”. Ese tipo de perspectiva equivale en la práctica a aplazar todo cambio a la siguiente generación. Suena a chiste pero no lo es. Porque resulta evidente que la educación no puede cambiar el mundo ni, probablemente, es esa su función. Este argumento está brillantemente desarrollado por Hannah Arendt en The Crisis in Education. En primer lugar, la educación tiene la función de mostrar a los ‘nuevos’ –así se referían los griegos a los niños- cómo es el mundo y cómo cuidarlo; en segundo lugar, el mundo se encuentra en cambio permanente precisamente como consecuencia de lo que Arendt llama natalidad, puesto que cada recién llegado introduce la novedad en el mundo; en tercer lugar, si los adultos adoctrinan en un programa revolucionario –o de cambio- a los niños y jóvenes les están hurtando su inherente capacidad de cambiar el mundo.

Está claro que el tema de la educación constituye una preocupación permanente para políticos y padres no sólo porque afecta a nuestros hijos y, presuntamente, a la permanencia del mundo sino, sobre todo, porque la educación ocupa un espacio de transición o una zona de colisión entre principios conflictivos. Probablemente, la educación siempre ha sido un asunto importante aunque con toda seguridad nunca tan problemático como en la actualidad. Para una revisión más extensa y profunda del tema me remito al artículo citado de Arendt. Yo me limitaré a comentar algunos aspectos.

Educación y responsabilidad por el mundo. En la actualidad, parece que la educación debe cumplir dos objetivos contradictorios: por un lado, el de cambiar el mundo a través de nuestros hijos; por otro, el de habilitarles para navegar –o, más bien, surfear– en un mundo sometido a un cambio permanente y acelerado. El objetivo de cambiar el mundo se puede valorar positivamente desde una perspectiva ética ya que indica la existencia de una conciencia crítica que fija los ideales que deben guiar a la humanidad. Esa sería la función aparente de los derechos humanos que, en una concepción amplia, incluyen principios, valores, derechos y deberes hacia los demás en cuanto individuos, hacia las comunidades y hacia la naturaleza como soporte de la vida humana. Sin embargo, desde otro punto de vista también expresa una insatisfacción con el mundo tal como es. Esto no sería malo en sí mismo si no fuera asociado a un sentimiento generalizado de impotencia y frustración: el mundo es demasiado grande y demasiado complejo para poder cambiarlo; las promesas de la modernidad –libertad, abundancia, progreso constante, eliminación de las fatigas y sufrimientos del trabajo,…- y las esperanzas depositadas en el progreso científico y tecnológico parecen definitivamente frustradas. Además, ya hemos caído en la cuenta, aunque prefiramos no tenerlo presente, de que en un mundo finito es imprescindible poner límites a nuestra capacidad productiva y de consumo. Y este sentimiento de impotencia es, en gran medida, un sentimiento de impotencia política o, mejor dicho, tal como he defendido –siguiendo a Arendt- en otros lugares, pone de manifiesto un olvido generalizado del poder de la política. La situación es grave ya que sólo mediante la acción política podríamos tomar las riendas del mundo –de parcelas del mundo- sólo a través del ejercicio de nuestra facultad de discurso podríamos constituir islotes de libertad y de autodeterminación. Sin embargo, unirse a otros carece de sentido cuando se ha perdido la fe en el poder de la palabra y en el valor de las promesas. Tal vez el desarrollo exponencial de un mundo virtual –gracias a las TIC y a los fabricantes de burbujas mobiliarias e inmobiliarias- anuncia un mundo propicio al virtuosismo o, quizá, constituye la antesala de un mundo en que la palabra habrá perdido su cualidad primordial: hacer comprensible –y, por tanto, habitable- el mundo.

 La escuela-fábrica y el joven-máquina. A veces se describe a las escuelas y universidades como fábricas. Por poner un ejemplo al azar:

Creo que tenemos una educación que es modelada en el interés del industrialismo y a semejanza de éste. Les daré un par de ejemplos: Las escuelas están organizadas con bastante semejanza a las fábricas: toque de timbres, instalaciones separadas, materia separada especializada. Todavía educamos a los niños en grupos y los ingresamos al sistema por grupos de edad ¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué ese supuesto de que lo más importante que tienen en común los niños es la edad? Es como si lo más importante fuera la fecha de fabricación.

Ken Robinson

Esta concepción de las instituciones educativas como fábricas que producen los componentes vivos de las fábricas del futuro tiene un inconveniente en nuestro tiempo: que las fábricas, según dicen, están en vías de extinción en el paisaje productivo del mundo occidental. Pero esta visión mecanicista, que podría tener sentido en otro tiempo o en otro lugar, pone en evidencia un rasgo característico de nuestra sociedad: la desconfianza en el discurso y en la acción y la necesidad de reducirlo todo a procesos productivos basados en un modelo de acuerdo con el cual se juzgará el producto acabado -el joven-máquina- y en un diseño estandarizado del proceso educativo. Todo pensado y diseñado para evitar sorpresas. Creo que el peso que el énfasis en el entrenamiento de competencias y habilidades frente a los contenidos en los planes de estudio debe evaluarse desde esta perspectiva. Curiosamente, las competencias y habilidades que reclama la nueva economía están basadas cada vez en el uso de las facultades psico-lingüísticas, más específicamente, del discurso. Sin embargo, esta aparente politización de la mano de obra no constituye ningún motivo de esperanza ya que las habilidades discursivas de los jóvenes difícilmente podrán desplegarse y ejercitarse en la esfera política puesto que, bien empaquetadas y adornadas con algún que otro curso de posgrado, serán compradas por alguna empresa del floreciente sector  que se dedica a “hacer cosas con palabras”. Así, existe una plena congruencia entre las escuelas-fábricas y los jóvenes-máquinas que se evalúan como aparatos vivos capaces de reproducir procesos estandarizados. Esto me lleva a pensar que la llamada Inteligencia Artificial, en realidad, no haya que buscarla en los laboratorios de la NASA ni del MIT sino en las escuelas y universidades de cualquier país: porque, sin duda, es mucho más difícil conseguir que un ordenador sienta como un ser humano que hacer que un hombre piense como un ordenador.  En fin, que el sistema educativo, en lugar de mostrar cómo es el mundo, se encuentra escindido entre la necesidad de cambiar de rumbo –pero ¿cuál?- y la necesidad de mantener la máquina productiva en marcha porque, en última instancia, los planificadores, increíble e ingenuamente, se sienten todavía capaces de prever las necesidades del sistema productivo a veinte años vista.

Insatisfacción e impotencia política. La misión que la humanidad asigna a la educación y, a través de ella, a los ‘recién llegados’ se comprende únicamente si tenemos en cuenta nuestra insatisfacción con el mundo en que vivimos –que no hemos hecho nosotros sino que lo hemos heredado- y nuestra impotencia política. Hannah Arendt ejemplifica la situación con la frase de un padre a su hijo desentendiéndose de su futuro:

“In this world even we are not very securely at home; how to move about in it, what to know, what skills to master, are mysteries to us too. You must try to make out as best you can; in any case you are not entitled to call us to account. We are innocent, we wash our hands of you.”

No es ningún misterio que lo que se pueda inculcar a los niños y jóvenes en la escuela a modo de adoctrinamiento sobre la necesidad de cuidar el mundo y la naturaleza, de respetar a los demás y cooperar con ellos, de no utilizar la violencia sino la palabra, se desvanece o cambia de sentido cuando en el mundo real –el que les espera cuando sean adultos pero que ya empiezan a atisbar con curiosidad- las cosas funcionan de otro modo. Tampoco es ningún secreto que los niños, como los animales, huelen el miedo, la impotencia y el desamparo de los mayores frente al mundo, por mucho que intentemos disimularlo mediante patéticas exhibiciones de mundanidad.

Conservadurismo y tradición. Conservadurismo, respeto por la tradición y autoridad son tres rasgos que deben informar la labor educativa. Dice Arendt:

Conservadurismo, en el sentido de conservación, es esencial en la actividad educativa, cuya misión es apreciar y proteger algo –al niño del mundo, al mundo del niño, lo nuevo de lo viejo, lo viejo de lo nuevo.

Esta actitud conservadora, aclara la autora, debe limitarse al mundo de la educación y a las relaciones entre los mayores y los niños, pero nunca se puede extender a la esfera política, “donde actuamos con adultos e iguales”.  Por lo que se refiere a las cuestiones conexas de la autoridad y la tradición, la educación se encuentra con el problema de que el mundo moderno ya no se estructura a través de la tradición y la autoridad. Sin embargo, educar sin autoridad y sin respeto hacia la tradición no es posible. Por definición, el mundo siempre es más viejo que los recién llegados, por lo que el aprendizaje y la educación deben mirar siempre hacia el pasado y hacia los mayores, de ahí la necesidad de restaurar un cierto respeto hacia la tradición y hacia sus mediadores. Como dice Arendt, es necesario asumir que “la función de la escuela es enseñar a los niños cómo es el mundo y no instruirles en el arte de vivir”. La renovación del mundo es natural e inevitable como consecuencia del hecho de la natalidad: “the fact that we have all come into the world by being born and that this world is constantly renewed through birth”.

Consideraciones finales. En mi opinión, por sintetizar, el primer paso que hemos de dar consiste en asumir nuestra responsabilidad por el mundo tal como y es nuestra responsabilidad por cambiarlo desde ya. Nuestra insatisfacción está plenamente justificada porque las cosas parece que van de mal en peor pero la única manera de hacer frente a la insatisfacción y al malestar que nos produce es comprometernos seriamente en tomar las riendas de nuestras vidas. Este paso hacia la autodeterminación no debe confundirse con la estrategia de ‘nadar y guardar la ropa’. ‘Autodeterminación’ es todo lo contrario de ‘adaptación’, ‘camaleonismo’ y ‘gatopardismo’; nada tiene que ver con dedicarse ‘cada uno a lo suyo’ y ‘sálvese quien pueda’. Nuestra responsabilidad hacia nuestros hijos no debería consistir –aunque, sin duda, la tentación es enorme- en dejarles la vida resuelta mediante una ‘buena educación’ y un patrimonio sin fondo. Más allá de criarlos sanos y queridos, debemos demostrarles con hechos que el miedo al futuro, el amor excesivo a la vida y el excesivo apego a lo material sólo se combaten eficazmente mediante el cultivo del poder de la palabra junto a otros.

Como es habitual en mí, no puedo evitar cerrar estas consideraciones sin reproducir un pasaje de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, en que Marco Polo responde a Kublai Khan:

L’inferno dei viventi non è qualcosa che sarà: se ce n’è uno, è quello che è già qui, l’inferno che abitiamo tutti i giorni, che formiamo stando insieme. Due modi ci sono per non soffrirne. Il primo riesce facile a molti: accettare l’inferno e diventarne parte fino al punto di non vederlo più. Il secondo è rischioso ed esige attenzione e apprendimento continui: cercare e saper riconoscere chi e cosa, in mezzo all’inferno, non è inferno, e farlo durare, e dargli spazio.

Italo Calvino, Le città invisibili, 1972.

En mi opinión, esta es una buena aproximación a lo que significa ‘actuar políticamente’: es ‘arriesgado y demanda atención y aprendizaje continuos’; exige buen juicio para discriminar entre lo que es infierno y lo que no lo es, ‘para hacerlo durar y darle espacio’. Puesto que no podemos huir del mundo –‘el infierno de los vivos’- ni destruirlo sin perecer, Marco Polo propone tener los ojos bien abiertos y la conciencia alerta para no alimentar al infierno con nuestros actos y nuestra vida, para no convertirnos en parte de él ‘hasta el punto de no verlo’. Esto no se puede enseñar en la escuela.

 

José Luis Martínez Llopis

Fentciutat

 

 

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