LA CIUDAD COMO ESCENARIO DE RELACIONES

Edward T. Hall (1) define el espacio como la dimensión oculta de la relación, aquella de la que en muchas ocasiones no somos conscientes pero que tiene una evidente influencia sobre las personas y la forma en que las mismas se interrelacionan.
Esta influencia se ve reflejada en numerosas observaciones. Observaciones como las que corroboran que hay más similitud entre la conducta de dos niños diferentes en un mismo espacio, que la que se da en un mismo niño en espacios diferentes.
Normalmente las personas estamos convencidas de la racionalidad de nuestras conductas y de la clara motivación de las mismas. Ambas percepciones se contradicen con la evidencia de que un simple cambio de escenario físico transforma la manera en que nos relacionamos con los demás. Y sin embargo, así como somos plenamente conscientes de que nuestras acciones y relaciones son capaces de transformar el espacio en el que nos desenvolvemos, nos resulta más difícil aceptar la realidad de la doble interacción.
Actitudes como el racismo o la homofobia no se dan en abstracto, sino que lo hacen y aparecen en contextos sociales y físicos claramente influyentes. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la forma en que una persona procesa los acontecimientos que la envuelven depende también del lugar en que se dan.
Pensemos por un momento en algunos de los recuerdos de nuestra infancia, en los sitios y lugares en los que se dieron y lo relevante que resultan para nosotros los colores, las formas u olores asociados. Basta en ocasiones la presencia de uno de estos elementos para que nos invada un sentimiento determinado. De hecho todos somos conscientes de que vemos con diferentes ojos lugares y realidades objetivas en función de las experiencias personales ancladas a las mismas.
No se trata simplemente del espacio como elemento evocador de sentimientos nostálgicos. Va más allá. El espacio es el ámbito imprescindible y necesario que condiciona y determina las interrelaciones que en el mismo se dan, y queda por tanto grabado en nuestra memoria como elemento esencial.
El espacio es tan relevante que no se duda en invertir ingentes cantidades de tiempo y dinero en crear escenarios adecuados. Escenarios que sobrecogen, que delimitan y fijan, que impulsan y propician. Somos, como no podía ser de otra manera, condicionados por los mismos pero no siempre somos conscientes de su importancia. Y tendemos a pensar en el espacio como algo externo, como el lugar en el que se dan nuestras relaciones cuando en realidad es parte esencial de las mismas.
Un mundo de ciudades
En el año 1900 sólo una persona de cada diez habitantes era urbana. En 1950 eran tres y en la actualidad uno de cada dos habitantes del planeta vive en una ciudad. Una tendencia que parece acentuarse en todos los continentes. El crecimiento de las ciudades se produce a un ritmo que supone un incremento mundial del 6%.
Podemos coincidir con Louis Wirth quien en 1938 afirmaba que “el rasgo distintivo de la forma de vida del hombre de la Edad Moderna es su concentración en agrupaciones gigantescas a las que se asocian centros menores y de las que irradian las ideas y las prácticas que llamamos civilización”
Resulta evidente que el proceso de urbanización global al que hacemos referencia no es homogéneo y contiene infinidad de particularidades. No obstante, podemos encontrar un cierto consenso al afirmar que en el imaginario colectivo la ciudad sigue siendo percibida como el horizonte de cambio y la movilidad, el lugar donde es posible progresar. Junto a esa visión positiva, convive y crece la sensación de que la vida urbana se está convirtiendo en un mundo anónimo, insolidario y de extraños.
Y en este espacio se mueven y desarrollan un gran número de personas. Un escenario que como parte imprescindible de las relaciones humanas está impregnando nuestras vidas y nuestra realidad más inmediata. No es por tanto una cuestión baladí la forma en que queremos que se estructure la ciudad, la visión de la misma y su definición como espacio vital relacional.
No parece que la ciudad platónica, un espacio para la vida social y la vida espiritual encaminado a elevar a los hombres a la virtud, sea mayoritaria. Ni que se haya impuesto la visión aristotélica que acentúa el carácter político de la ciudad donde la misma, más que un espacio físico determinado, se entienda como un conjunto de hombres libres ejerciendo sus libertades.
Pero es en esa línea, la que define la ciudad como algo más que un armazón pétreo irrelevante en la que debiéramos trabajar. Existe en psicología un teoría que sugiere que si bien es cierto que nuestras actitudes condicionan nuestro comportamiento, no lo es menos que nuestro comportamiento condiciona nuestra actitudes. Que puedes esperar a tener ganas para sonreír pero también puedes sonreír sin ganas y finalmente esa sonrisa al principio desganada se convierte en sincera.
Si sabemos que la ciudad es algo más que una conjunción de viviendas, si la entendemos en su sentido más amplio y queremos sacarla de las garras del anonimato, la insolidaridad y el aislamiento, podemos empezar a trabajar y crear relaciones y construcciones que fomenten los valores en los que creemos. Hemos de trabajar, crear y vivir en la línea de nuestras aspiraciones. Como si así fuera, cómo si nuestra ciudad así estuviera construida. No esperar a que se den las condiciones sino hacer y de esta forma crear las condiciones. Para que sea posible que los espejos de la ciudad reflejen una imagen nítida y sincera de nosotros.

By Emili J. Belda ;)

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(1) Edward T. Hall, prestigioso antropólogo estadounidense a quien debemos el concepto de “proxémica” o espacios interpersonales, desarrolló un interesante modelo teórico para explicar cómo afecta el contexto, la gestión del tiempo y el espacio a la comunicación.

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